Las Distopías Hipercapitalistas: De Hollywood a la Realidad - CNader

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Carina II
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Las Distopías Hipercapitalistas: De Hollywood a la Realidad - CNader

Notapor Carina II » Mar Mar 07, 2017 6:42 am

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Las Distopías Hipercapitalistas: De Hollywood a la Realidad

06 d marzo d 2017 - Por: nofmradi

Desde el surgimiento del cine de Ciencia Ficción, las distopías han sido llevadas de manera recurrente a la Pantalla Grande. Por lo general éstas son detonadas o se desarrollan durante guerras nucleares, catástrofes naturales o ataques alienígenas. Algunas otras presentan a sociedades oprimidas por gobiernos controlados o absorbidos por el sector privado, megacorporaciones globales que operan con total ilegalidad e impunidad. El ejemplo primigenio es, sin duda, Metropolis de Fritz Lang, cinta alemana de 1927 que exhibe las abismales diferencias entre las dos clases sociales en una Ciudad Estado del año 2026. Una minoría empoderada, indiferente y hedonista reside en la superficie repleta de monumentales rascacielos; mientras tanto, en el subsuelo de la urbe habita la mayoritaria clase obrera dedicada al mantenimiento de la ciudad, hasta que inesperados acontecimientos ponen en peligro el statu quo. Esta cinta ha sido uno de los más importantes acercamientos de la cinematografía al tema de la lucha de clases y la desigualdad social, y hasta la fecha, pocos largometrajes han logrado igualar los logros y el legado de Metropolis, que logró plasmar la desigualdad social y el fervor revolucionario de la primera mitad del siglo XX, un período dominado por los grandes monopolios industriales, financieros y mediáticos controlados por las burguesías nacionales. Desde la posguerra de la Segunda Guerra Mundial el cine de Ciencia Ficción entró en una crisis. La mayoría de las producciones de los años cincuenta y la primera mitad de los sesenta fueron cintas de bajo presupuesto producidas por pequeñas productoras. Las tramas eran repetitivas y predecibles: invasiones o ataques de extraterrestres o de monstruosas mutaciones por los “misteriosos” efectos de la radiación; obviamente estas amenazas reflejaban el pánico estadounidense por una invasión, infiltración o expansión ideológica del comunismo durante la Guerra Fría.

Fue hasta finales de los sesenta cuando la industria volvió a presentar antiutopías que cuestionaban el orden social vigente. Una de las más representativas de aquellos años fue Soylent Green (1973), dirigida por Richard Fleischer y protagonizada por Charlton Heston. La película nos presenta un planeta devastado por el calentamiento global y la sobrepoblación en el que sólo las clases acomodadas pueden acceder a los alimentos “tradicionales” como carne, frutas y verduras. Las masas empobrecidas deben conformarse con productos conocidos como Soylent, fabricados por la megacorporación homónima en sus tres variedades distintas: Rojo, Amarillo y el nuevo Soylent Verde, fabricado a partir de plancton. La alimentación del planeta depende de una compañía multinacional que guarda un oscuro secreto, ya que la materia prima de su nuevo producto no proviene de los microorganismos de los océanos moribundos. Soylent Green fue una de las primeras cintas estadounidenses en criticar abiertamente un modo de producción que ha provocado tanto una profunda desigualdad social como un desequilibrio ecológico sin precedentes, además de evidenciar que los paliativos ideados por las grandes empresas sólo han empeorado el caótico panorama.

Los años setenta fueron una época dorada de la Ciencia Ficción en la cinematografía. Muchas de las cintas de dicha década lanzaron en menor o mayor medida una crítica contra la oligarquía que irónicamente controlaba a los estudios que produjeron aquellas películas, arriesgando su estatus al intentar conectar con un público más crítico e indiferente alejado del tradicional cine hollywoodense, al ser atraído por el cine de vanguardia europeo o bien por la televisión. The New Hollywood presentó las cintas de jóvenes e innovadores directores estadounidenses que cambiaron la forma de hacer y vender cine en Estados Unidos y las cintas de Ciencia Ficción no fueron la excepción. Sin embargo, los nuevos directores fueron rápidamente absorbidos por los estudios, que censuraron y penalizaron sus “excesos” e “intentos de subversión”. A mediados de la década de los setenta se inauguró en Estados Unidos la llamada “Era del Blockbuster” representada por cintas de gran presupuesto producidas por los grandes estudios que lograron recaudar millones de dólares en taquilla, no sólo por la exhibición de sus películas sino por artículos que promocionaban sus “productos” fílmicos, desde juguetes hasta ropa. Ya en los ochenta las salas de cine estaban atestadas por audiencias hambrientas de superproducciones de esta índole, predominantemente cintas de acción, fantasía, horror y Ciencia Ficción. Paralelamente, a comienzos de dicha década, Estados Unidos presenció el surgimiento de un nuevo sector dentro de la alta burguesía, el llamado yuppie (Young urban professional), jovencitos postuniversitarios que rápidamente se insertaron en las cúpulas del sector financiero-industrial-empresarial y en la meca del entretenimiento; personas ávidas de éxito y riqueza y con un miedo / desprecio patológico por el fracaso y los “fracasados”. La juventud reaganista (thatcherista en Gran Bretaña), neoliberal e individualista ocupó el lugar de los viejos magnates, aquellos retratados por la cinematografía estadounidense como fanáticos de los habanos, el coñac y el brandy. Los nuevos millonarios se habían enriquecido gracias a su repentino éxito en las bolsas o por haber posicionado a su empresa en la cima de los nuevos mercados globales. El relevo de la clase empoderada sería una juventud adicta a la cocaína y a los gimnasios, la cual también sería retratada por una nueva ola de directores, que a pesar de haber pertenecido a un gremio empleado por los conglomerados mediáticos de la industria del entretenimiento, lograron construir un discurso crítico oculto entre explosiones, romances y gore, dentro de cintas que podrían catalogarse como inofensivas e incluso partidarias del sistema económico y social vigente.

En 1979 el inglés Ridley Scott, quien había gozado de buenas críticas tras su Opera Prima The Duelists, fue contratado por 20th Century Fox para dirigir Alien, película que estaría basada en un guión escrito por el gran “Dan” O’Bannon. El estudio añoraba continuar con el colosal éxito de Star Wars (epítome del Blockbuster) por lo que buscó frenéticamente nuevas propuestas dentro del género. Sin embargo, Alien se alejó de la fantasiosa Space Opera de George Lucas estrenada dos años antes. La cinta de Scott presenta una asfixiante pesadilla industrial en el año 2122 desarrollada dentro de un universo oscuro y realista a bordo de un carguero interestelar, el USCSS Nostromo, cuya labor era transportar minerales de las colonias exteriores a la tierra. A medio camino en una de sus misiones, su itinerario se vio interrumpido cuando recibió una transmisión de rescate (o por lo menos así fue interpretada en un primer momento) procedente de LV-426 (“Aqueronte”), una luna a unos 39 años luz de la Tierra. Cuando la tripulación arribó a su nuevo destino se encontraron con una enorme y antigua nave extraterrestre, sin embargo no se halló a ningún tripulante con vida. Mientras la tripulación del Nostromo realizaba una inspección en el interior de la nave se encontraron con cientos o miles de “huevos” de extraña naturaleza. Al inspeccionar uno de estos “ovomorfos” el oficial ejecutivo Gilbert Kane (personificado por el recientemente fallecido John Hurt) fue víctima de un parásito que salió disparado del huevecillo. Para salvar su vida, el personal transportó a Kane a bordo del Nostromo, rompiendo diversos protocolos de seguridad. Pronto se descubrió que la Corporación Weyland-Yutani y su agente a bordo de la nave (un “sintético” de nombre Ash) conocían la existencia de la nave extraterrestre y el potencial de los “xenomorfos” para ser utilizados como un arma biológica por la división militar de la megacorporación.

Este gigante empresarial fue creado y bautizado por el artista y diseñador Ron Cobb, influenciado por el nombre de dos grandes empresas: la inglesa Leyland (fabricante de los famosos autobuses urbanos de dos niveles) en decadencia durante los ochenta y la japonesa Toyota, gigante automotriz japonés que revolucionó la industria y el mercado dejando atrás el fordismo a finales de los setenta. Alien presentaba a una megacorporación fruto de la fusión de dos corporaciones, reflejo de la historia en la recta final del siglo veinte, época en que las empresas estadounidenses y europeas eran constantemente absorbidas por las poderosas Zaibatsu niponas o chaebol coreanas, representadas en Alien por la corporación Yutani. Al igual que las multinacionales reales, Weyland-Yutani estaba involucrada en multitud de sectores como la fabricación y operación de naves espaciales, armas y maquinaria de terraformación (Plantas de procesamiento atmosférico); minería y extracción, la administración y construcción de coloniales y prisiones extrasolares e incluso fabricación de bebidas alcohólicas (cerveza Aspen). Weyland-Yutani representa al típico gigante multinacional sin ética ni moral, dispuesto a sacrificar a poblaciones entras para lograr grandes ganancias, en este caso la tripulación del Nostromo. La mitología de Alien y de la megacorporación se extendió siete años después con el estreno de la Secuela Aliens (1986) dirigida por el canadiense James Cameron, quien saltó a la fama en 1984 con The Terminator (de la que hablaremos más tarde). Aquí volvemos a situarnos en la luna LV-426 ya colonizada por cientos de familias mientras Weyland-Yutani se encarga de la administración y la terraformación. La corporación es presentada como una “multiestelar” que prácticamente controla al aún existente gobierno estadounidense y a su ejército, cuyos marines del USS Sulaco deberán salvar a los colonos de la amenaza xenomorfa que prácticamente ha arrasado con la población. En esta cinta nos encontramos con Carter J. Burke (interpretado por Paul Reiser) un empleado de la empresa encargado de salvaguardar el interés primordial de la corporación vuelve a ser el uso de los alienígenas con fines bélicos, los cuales se han multiplicado por cientos; los seres humanos, al igual que en la primera entrega de la saga, son sacrificables. En esta nueva cinta volvemos a encontrarnos con un “humano sintético” fabricado por “La Compañía”, Bishop (interpretado por Lance Henriksen) que, a diferencia de Ash (el androide de la primera cinta), se muestra mucho más humano que el ejecutivo de Weyland-Yutani, máximo exponente de la avaricia y la inhumanidad corporativa. “Building Better Worlds” fue el lema de una empresa que retrató a las grandes multinacionales del último cuarto del siglo XX, corporaciones que históricamente han controlado a gobiernos enteros a través de Lobbies y de ejecutivos que saltan constantemente del sector privado al gubernamental. La idea de Weyland-Yutani provino, sin lugar a dudas, de las grandes compañías aeroespaciales y de defensa como Lockheed Martin, Northrop Grumman o Raytheon o de las multinacionales petroleras como Chevron y Exxon, que desde hace décadas han sido contratistas del gobierno estadounidense y cuyo personal ha formado parte de distintas administraciones estadounidenses.

Outland (1981) de Peter Hyams (Capricorn One, 2010) se desarrolla en una atmosfera similar a Alien de Scott. Esta vez el escenario es Io, una de las lunas de Júpiter con abundantes yacimientos de titanio donde el gigante minero Conglomerates Amalgamated es propietario de una claustrofóbica y tenebrosa colonia minera (Con-Am 27) en la que los trabajadores laboran y habitan en peligrosas y miserables condiciones; a pesar de esto los índices de productividad de la mina son excelentes. Pero pronto comienzan a registrarse extraños suicidios que llevarán a que un Marshall Federal (Sean Connery) realice una investigación en la que descubre que estos violentos sucesos son consecuencia del consumo de una superanfetamina distribuida por el personal con el beneplácito de los directivos ya que ésta le permite a los mineros trabajar sin parar durante días hasta que desarrollan un brote psicótico. Esta cinta denunció las políticas laborales de las grandes multinacionales que mantienen en deplorables condiciones a los trabajadores con tal de abaratar sueldos y costos de extracción y/o producción.

Tres años después del estreno de Alien, Ridley Scott fue reclutado para dirigir la adaptación cinematográfica (poco fiel) del cuento de Philip K. Dick “Do Androids Dream of Electric Sheep?” en el cual se presenta una visión pesimista y distópica (como es costumbre en Dick) de un futuro en el que la tierra ha sido arrasada por guerras y desastres ambientales provocando la extinción de muchas especies. La gente más adinerada puede adquirir los pocos animales sobrevivientes, mientras que la mayoría de la población debe conformarse con “animales” sintéticos conocidos como replicants (en el libro son presentados como Andies), fabricados por grandes corporaciones como Tyrell, que no se limita a crear animales artificiales ya que también conciben humanos sintéticos para varias tareas, entre ellas, la servidumbre, el placer y los combates; en pocas palabras, son esclavos del futuro. El fundador de esta corporación es Eldon Tyrell (Eldon Rosen en el cuento), un capitalista sui generis que habita en la cima de una gigantesca pirámide, un visionario y emprendedor que presenta rasgos y características de personajes como Henry Ford, Thomas Alva Edison o los actuales Bill Gates y Steve Jobs, sujetos cuya falta de moral y ética queda en segundo lugar al privilegiar su excentricidad, su vida privada y su supuesta filantropía, que, en el caso del ficticio Tyrell, se expresa a través de su afán por crear criaturas similares a los animales extintos y humanos sintéticos superiores a los orgánicos: “More human than human”.

En 1984, James Cameron dirigió la cinta que lo catapultó a la cúspide de la industria cinematográfica estadounidense, The Terminator. La historia comienza en los años posteriores a un holocausto nuclear global, en páramos repletos de escombros dominados por máquinas controladas por Skynet, una mente colectiva artificial causante de la tragedia que casi llevó a la extinción a la humanidad, cuyos remanentes son constantemente acechados por ejércitos de androides encubiertos que detrás de su “piel” esconden esqueletos de metal cromado. A 33 años de su estreno y tras cuatro secuelas y una serie de televisión, todo el mundo conoce a grandes rasgos la historia de la saga Terminator: un soldado de la resistencia humana es reclutado para viajar al pasado y salvar a la madre del futuro líder de las milicias humanas de las garras de un androide asesino que también proviene del futuro. Después de haber enfrentado a la máquina antropomorfa (encarnada por el ex fisicoculturista austriaco y ex gobernador de California con apellido impronunciable), el héroe muere, no sin antes salvar la vida de Sarah Connor y de su futuro hijo nonato, John. El concepto de Skynet se amplió en la secuela de 1991 Terminator 2: Judgement Day. En esta entrega se revela que una empresa llamada Cyberdyne Systems, contratista del ejército estadounidense fue la causante de la apocalíptica tragedia al haber desarrollado una red de supercomputadoras con inteligencia artificial que reemplazó al personal militar a cargo de aeronaves no tripuladas y el arsenal nuclear. Todo esto ocurre gracias al trabajo de ingeniería inversa, que tras el hallazgo en una prensa hidráulica de los restos (un brazo y un microprocesador) del cyborg de la primera cinta. Cyberdyne Systems se convirtió en la oscura y maligna compañía de tecnología de vanguardia por excelencia, la cual reflejaba lo que estaba ocurriendo fuera de la pantalla grande.

En la década de los ochenta el gobierno estadounidense financió a cientos de pequeñas y medianas firmas tecnológicas, universidades y Think Tanks para que desarrollaran tecnología de punta para las fuerzas armadas; muchas de estas empresas (futuros gigantes tecnológicos) se ubicaban en el centro y el Norte de California (Sillicon Valley), no es casual que una de la más celebres escenas de Terminator II fuese un asedio a la sede de Cyberdyne, cuya oficina central se encontraba en el condado de Santa Clara. Durante décadas, las viejas compañías como IBM o HP, o la joven Microsoft han trabajado junto al personal militar y los servicios de inteligencia para preparar a Estados Unidos ante una eventual guerra cibernética. Esto ya era conocido a principios de los noventa, cuando Jim Cameron creó a un personaje como Miles Dyson, el director de proyectos especiales de Cyberdyne, quien estudió a fondo el chip que sirvió para desarrollar Skynet. Dyson funge como el prototipo del genio ingenuo (valga la redundancia) y ambicioso, jóvenes millonarios como los que hoy en día dirigen empresas como Google o Facebook.

Terminator popularizó a los androides entre público estadounidense; tres años más tarde llegó el turno de los cyborgs cuando se estrenó Robocop, película dirigida por el holandés Paul Verhoeven. A diferencia de las anteriores cintas la trama se desarrolla en un futuro muy cercano, en una típica y famosa ciudad estadounidense, Detroit, sede histórica de los tres grandes fabricantes de automóviles: General Motors, Ford y Chrysler, una metrópoli que desde finales de los ochenta y hasta nuestros días ha vivido una crisis económica y social exponencial que se trasladó al cine en 1987. Este largometraje muestra a una ciudad asolada por el crimen, tanto callejero como corporativo. Este último se concentra en una megacorporación llamada Omni Consumer Products, que al igual que Weyland Yutani abarca todos los sectores imaginables: infraestructura, tecnología, armamento, etc. OCP prácticamente es dueña de Detroit, de sus funcionarios e incluso de una policía privatizada, que permite a la compañía utilizar a policías como mercenarios para “limpiar las calles”, pero no de criminales, sino de ciudadanos que se oponen a la edificación de Delta City, una nueva ciudad estado totalmente privatizada. Robocop presenta espacios urbanos gerentrificados por la misma corporación que alienta a la violencia, al desempleo y la pobreza urbana, justo como las grandes constructoras en inmobiliarias reales, que han deshecho el tejido social y destruido barrios tradicionales en grandes megalópolis como la Ciudad de México. Cualquier medida para edificar su nueva ciudad es válida, desde inundar al “Viejo Detroit” con drogas o bien militarizarla.

Tras el éxito de Robocop, Verhoeven optó por continuar en el género dirigiendo Total Recall, basada en otro cuento de Philip K. Dick titulado “We Can remember It for you Wholesale”, a pesar de que existen enormes diferencias entre el libro y la película. Esta vez la trama se centra en Douglas Quaid (también interpretado por el ex gobernador californiano), un trabajador de la construcción que tras soñar constantemente con el planeta Marte decide acudir a Rekall, una compañía especializada en implantar recuerdos en forma de “paquetes vacacionales” para la gente que jamás podría costear un viaje a otro planeta. Sin embargo, el personal que está punto de implantarle recuerdos marcianos descubre que su memoria ya contiene remembranzas de dicho planeta y peor aún, que dichos recuerdos lo comprometen con secretos e intereses marcianos, cuyas colonias son controladas por un magnate con el título de gobernador y sus tropas mercenarias. De manera similar al Detroit en Robocop, el Marte de Total Recall es administrado por los ricos y poderosos quienes mantienen a los humanos residentes en la más alta pobreza y opresión, al grado que pueden ser castigados con embargos de oxígeno si se atreven a no seguir las reglas de su gobierno monopolizador de aire puro.

La década pasada también trajo nuevas cintas que enriquecieron el género. 23 años después del estreno de Aliens, James Camerón volvió a narrar la oscura historia de una fuerza militar semiprivatizada cuando escribió y dirigió Avatar (2009), película que presenta la invasión humana de un planeta en un sistema en la cercana constelación de Alfa Centauri habitado por un especie extraterrestre humanoide e inteligente que ve amenazado su estilo de vida y el equilibrio ecológico de su planeta por la rapiña de los terrícolas ejemplificada a través de una voraz paraestatal multinacional llamada Resources Development Administration (RDA) la cual busca extraer un extraño y valioso mineral únicamente disponible en este planeta, sin importar si destruyen los sitios más sagrados de los nativos.

En contraste con una producción de la dimensiones de Avatar nos encontramos con Sleep Dealer (2008), una cinta más modesta en presupuesto desarrollada en un futuro cercano en el que las fronteras han sido cerradas evitando la migración de los países periféricos hacia las naciones industrializadas, concretamente de México hacia Estados Unidos. No obstante la explotación laboral fabril continúa, pero esta vez la precaria labor es realizada por Sleep Dealers, personas conectadas a redes neurales digitales de las empresas que les permite controlar la maquinaria a distancia. Al mismo tiempo se muestra que los recursos más básicos de los países pobres han sido privatizados, como el agua potable en el territorio mexicano la cual es custodiada en presas militarizadas, impidiendo que la población nativa acceda al preciado líquido y provocando el éxodo masivo de campesinos a las ciudades donde deberán convertirse en ese nuevo proletario “a distancia”. Un año después se estrenó la cinta sudafricana District 9, cuya historia también habla de los infortunios y penurias de migrantes y refugiados, aunque esta vez no se trata de latinoamericanos sino de una civilización extraterrestre que buscó asilo en la tierra, donde acabaron siendo encerrados en un campo de concentración en Sudáfrica, en clara alusión al régimen racista-segregacionista impuesto por los colonos de ascendencia europea que perduró hasta 1991. Nuevamente nos encontramos con mercenarios privados (al estilo de Blackwater – Academi) operados por una empresa llamada Multinational United, encargada de reprimir el gueto extraterrestre y de ser posible, explotar la tecnología que los “recién llegados” guardan con secretismo.

Después del impresionante éxito tanto crítico como monetario de District 9, el director Neill Blomkamp volvió a aventurarse en el género dirigiendo Elysium (2013) película influenciada por cintas como Metropolis o por el Manga-Anime japonés Battle Angel Alita. Aquí vuelven a abordarse temas como la migración, la lucha de clases y la sobrepoblación. La cinta cuenta la historia de una tierra devastada por la sobrepoblación, la guerra y la contaminación. Gran parte de la humanidad enfrenta una sequía, hambruna y desempleo constante, mientras que la minoritaria clase privilegiada ha escapado del planeta, residiendo en una enorme estación espacial orbital llamada Elysium, donde los ricos y poderosos viven rodeados de lujos y avances científicos que han acabado con las enfermedades y detenido el envejecimiento. Sobra decir que el ingreso a Elysium está estrictamente prohibido y muchos inmigrantes han sido asesinados en su intento por llegar al paraíso. La última cinta de Blomkamp fue Chappie (2015), que cuenta las andanzas de un robot con inteligencia artificial extraviado y “adoptado” por una pandilla sudafricana de criminales de poca monta que acaban educando e incluso humanizando a un androide cuyo comportamiento comienza siendo como el de un niño. El contexto vuelve a ser distópico y caótico. La tasa de criminalidad es tan alta como la de la pobreza, por lo que el gobierno ha optado por utilizar los servicios de un fabricante de armas llamado Tetravaal compañía que produce y opera legiones de androides de guerra y “pacificación” urbana.

Durante décadas, escritores y directores teorizaron sobre el lúgubre futuro que le auguraba a un mundo dominado por el incontrolable y criminal poder corporativo de multinacionales que no sólo controlan los recursos sino el destino de todas las naciones del orbe tras haberse adueñado de sus gobiernos y de su soberanía. A pesar de que la industria fílmica ha sido el tradicional emisor de propaganda estadounidense a menudo pueden encontrarse cintas que tímidamente han puesto en duda y reprobado las acciones de sus instituciones y los poderes fácticos que las manipulan, incluyendo las de los propios conglomerados mediáticos del cual los estudios forman parte. La banalidad y ridiculez del cine gringo es evidente y cotidiana, sin embargo entre las secuelas, remakes, refritos y demás esperpentos cinematográficos de la Cultura Pop estadounidense suelen aparecer esporádicamente cintas que le han mostrado a un público alienado y enajenado la terrorífica realidad camuflada entre futuristas y fantasiosas tramas de Ciencia Ficción, porque más allá de las fronteras de Occidente la distopía se vive a diario.
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Re: Las Distopías Hipercapitalistas: De Hollywood a la Realidad - CNader

Notapor Carina II » Mié Mar 08, 2017 4:32 pm

http://misionverdad.com/opinion/pesadil ... el-capital


Opinión
Pesadilla en la calle del capital

Eder Peña
En las pantallas mediáticas viven desde hace rato unos seres míticos llamados zombis. Es interesante revisar hacia dónde nos llevan con estos muertos vivientes que pudieran ser expresión de lo que somos o necesitan que seamos para el avance del proyecto que ocupa a las élites: dominarnos por la ignorancia y por la fuerza, Pinky...
FEBRERO 12 DE 2017, 1:20 PM
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El relato zombi tiene piquete

Estos personajes aparecen y se acuñan en la audiencia gracias al trabajo de la industria cinematográfica. En un principio surgieron como vehículos "para criticar las enfermedades del mundo real -como la ineptitud del gobierno, la bioingeniería, la esclavitud, la ambición y la explotación- mientras satisfacía nuestras fantasías apocalípticas", dice una nota. Hoy el zombi nos es cosa común en un imaginario de mundo donde nos preparamos para todo menos para la muerte.

Lo usual en una película o serie de zombis es ver a unos seres desvencijados y descerebrados que se mueven sin mucha coordinación (a menos que estén bailando con Michael Jackson, otra voz) y que buscan contagiar a los vivos de una vaina fea, comer su carne o simplemente asesinarlos. Por su parte los vivos entran en batalla re-matando a los fulanos esos volándoles la cabeza.

Se dice que cuando la Compañía Americana de Azúcar Haitiano (Hasco) requería más mano de obra para extraer la producción de caña de azúcar de Haití, ya libre pero en pleno proceso de saqueo, los bokores (sacerdotes o brujos vudú) efectuaron magia negra para crear trabajadores sumisos y cobrar sus salarios. No deja de ser curioso que estos relatos surjan del país más pobre de América, continuamente azotado por dictaduras, colonialismo e intereses geopolíticos. Cometieron el atrevimiento de abolir la esclavitud y apoyar a Bolívar, lo pagaron con deudas económicas mas el desprestigio de su riqueza cultural.

Desde entonces la leyenda no dice que Haití fue el primer país americano que le pateó el culo a un imperio sino que los esclavos haitianos hicieron un pacto con el Diablo para conseguir su independencia. Si algo le encanta a las élites es sopetear la historia a su favor, le pasa a Haití como a Zamora o a Chávez.

Globozombificación al día

Estos tiempos de quiebre global nos hacen presenciar la eclosión de una condición zombi en nuestra cultura atravesada por el capitalismo y el crujir de la modernidad, el cadáver va deambulando, arrastrando todo cuanto encuentra y su epidemia resulta en una parranda de seguidores, hooligans, compradores, likes, espectadores, adeptos, feligreses, fans... Todo al calor del adoctrinamiento individualista producto de modelajes globalizadores en donde no hay afuera ni adentro, mientras el poder (no la justicia ni la libertad) hace que se pueda todo.

Aunque pareciera una leyenda urbana, la zombificación no es cualquier cosa, se trata de un proceso en el que un bokor hace ingerir al afectado un polvo extracto de tetrodotoxina mezclado en la bebida y éste pierde sus signos vitales hasta la catalepsia absoluta. Luego es enterrado aunque está "vivo", a las 48 horas se pasa el efecto de las drogas ingeridas por el fiambre y se recupera, el bokor le desentierra y alimenta con alucinógenos que aseguran que, aunque su cuerpo sigue vivo, su mente nunca vuelva a una consciencia absoluta. En adelante se limitará a seguir las órdenes que le da su bokor: servir como esclavo en alguna plantación de caña de azúcar.

La confrontación con los vivos es la nota de la trama del cine zombi. Estos seres temen al fuego, no sienten dolor, son fuertes pero torpes y sólo los mata la decapitación. Aunque no pueden dejar de comer y matar, su arma más poderosa es el contagio de algún tipo de virus maligno. Si hacemos paralelismos, hemos sido zombificados por el bokor de la cultura humanista que se vale de la academia y la fachimedia para aislar nuestros sentidos del contexto histórico concreto, somos el fiambre que no vive donde vive, nuestra consciencia siempre está en una aspiración que fue consumista en un primer estadío, pero que hoy es contagiosa o viral, dependiendo de la red social.

Dice Jorge Fernández Gonzalo que "el capitalismo funciona como la pandemia zombi, es el pensamiento de la horda: cubrir todo, arrasar todo". Hoy hasta el ocio ha sido mercantilizado de una manera en la que hasta descansar es consumir (+LLAME YA!!!). Ni hablar de las disidencias, cualquier rebeldía, héroe o tendencia que intente desafiar la aplanadora globalizadora es cooptada por ésta y zombificada de una. Le pasó al movimiento negro gringo, al hip-hop, el rock (al reguetón no porque nació zombificando) y hasta la salsa. La globozombificación política figura como una manada zombi donde no hay líderes concretos, todos son desechados y sustituidos por otros igual de desechables.

Asistimos a una política zombi, teledirigida y ambiediestra
La gesta privatizada del zombi

En un culto a sí mismo, el globozombificado viraliza una carrera por la privatización de cualquier lucha, no se trata solamente del selfie y un supuesto éxito basado en la "excelencia" sino del individuo como portador contagioso de una tensión esquizoide en la que lucha simultáneamente por el cambio y por la costumbre. Luego de calculadas y planificadas revoluciones de colores en las que termina dándose un invariable reacomodo global a favor del 1%, termina perjudicando su aspiración al caer en manos de las ajustes neoliberales. Desde movidas saqueadoras como en Libia hasta fascistas como en Ucrania, al final fachimedia uniforma de tal manera la opinión pública que impone el relato que domina las decisiones políticas del colectivo, te pueden convencer de que una intervención imperial te beneficia o de que los gobiernos tienen capacidad de maniobra para tomar decisiones en asuntos económicos ante el dominio global.

Vemos zombis pasar por las pantallas y vendernos un estilo de vida zombi fundado en un capitalismo zombi (indetenible y voraz), contagiarnos estrafalarias autonovelas que nos aíslan y casi que nos culpan por ser empobrecidos. Somos testigos, cómplices y víctimas de una invasión. El capital no sólo tiene nuestros territorios-minas y un sistema fabril a su servicio, no sólo posee escuela, Estado y religión, sino la publicidad como fuente creadora de necesidad de más ocupación de territorio, saqueo de la vida y la fuerza de trabajo por parte de ese capital. Terminamos necesitando lo que nos esclaviza.

El tabaratismo del zombi criollo

El "ta barato, dame dos" es esencial para entender la globozombificación modelada por la Gran Venezuela de Carlos Andrés Pérez. Se trata de un consumismo extremo, eternamente adolescente, que no mira el costo de lo ofertado sino el deseo de obtenerlo, que sabe (y una que otra vez se avergüenza de) que vivimos del petróleo pero puede vivir con ello.

Alguna vez le preguntaron al dueño de una tienda famosa de electrodomésticos caraqueña en qué se basaban para aumentar los precios y la respuesta fue: "En lo que la gente se atreve a pagar". Nostálgico de haberse rumbeado el cupo Cadivi, añorando la teta de la mina y a través de un internet barato, el zombi criollo se toma selfies con las mismas sonrisas en distintas puestas en escena, la apetencia voraz por comprar y vender éxito traspasa las pantallas del esmarfon. Sólo hay que darle un toquecito para que se queje, pero 20 coñazos para que luche por algo, así sea su miserable pedacito de vida.

Asistimos a una política zombi, teledirigida y ambiediestra. De un lado vemos tipos con un mandibuleo mantuano dando discursos basados en un golpismo disney en el que no dicen absolutamente nada que no sean lugares comunes, amenazas y datos inasibles. De otro lado se escupen consignas como ácido que corroe la capacidad reflexiva de un pueblo al que tratan como a un rebaño estupidizado. Más acá emo-zombis que pretenden que todo esté de pinga en el país donde están las mayores reservas de petróleo, ese que motoriza a un mundo que se va de culo por la acumulación y la desigualdad.

En esta molienda, cambio y confort son excluyentes, los dueños están dispuestos a someternos o decapitarnos, zombificados somos fáciles de eliminar cuando los recursos no alcancen.

¿Habrá un adelante hacia dónde huir?

Quienes han diseñado esta crisis también diseñaron esta mutación malandra en la que tu amigo es el enemigo más cercano, la desconfianza apremia y dar lástima o envidia son monedas de cambio. Nos modelan para ser así: imprecisos, repetitivos, cómodos y nostálgicos por lo no posible.

Se es zombi al aspirar que haya otro Chávez, como si un ser humano fuera repetible o sustituible, menos uno como él...

Se es zombi al pensar que el debate es entre la paz y la guerra, cuando ambas le tributran al 1% más rico, deambulamos buscando amparo en medio de una coñaza en la que nuestras mentes son el botín. Siempre pidiendo que otro haga lo que no hacemos, que el Gobierno haga lo que nosotros no estamos dispuestos a hacer. Pasa con el bachaqueo: es malo si me perjudica y justo si me beneficia. Voracidad zombi.

Se es zombi al pensar que un sistema que todo lo logra mediante la guerra va a mejorar nuestra democracia, que aun cuando todo tiene precio va a acabarse la corrupción y vainas de esas. Se es zombi al creer que sólo en Venezuela se agrieta el capitalismo y la solución es huir porque en otro lado todo funciona. Lo usual en la guerra es que te den coñazos, que te duelan, que te quejes y que también lances los tuyos. Se vale quejarse y hasta buscar culpables pero... ¿A cada ratico? ¿Por qué no distribuir el tiempo y asumirse como algo más que víctima? ¿Seguimos pidiendo que nos asfalten la calle del capital para que se vea bonita? ¿Es pesadilla o realidad su tragedia?
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Carina II
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Re: Las Distopías Hipercapitalistas: De Hollywood a la Realidad - CNader

Notapor Carina II » Mié Mar 08, 2017 4:33 pm

http://www.elsalmoncontracorriente.es/? ... ombi-y-sus


Conversación con las autoras de "Abecedario zombi" sobre...

23 de febrero de 2017
Mariola Olcina Alvarado
EL SALMÓN CONTRACORRIENTE
El capitalismo zombi y sus mutaciones: el avance de la walking class
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Vivimos en un tiempo en el que los zombis están por todas partes. En el cine y en el mundo de las series es omnipresente. Pero el zombi no parece quedarse ahí. Política, economía, literatura… Todo está infectado por el virus Z. Incluso ha dado el salto al ensayo. Conversamos aquí con Julio Díaz y Carolina Meloni, ambos profesores de filosofía, sobre su libro Abecedario zombi. La noche del capitalismo viviente, recientemente publicado por El salmón contracorriente.


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El capitalismo zombi y sus mutaciones: el avance de la walking class
Ilustración de Jaime y Javier Infante Ramírez
Además de cine zombi, ¿de qué trata vuestro libro?
De miseria, hambre y expoliación, fundamentalmente. Parafraseando a Nietzsche, ya hemos dicho varias veces que este Abecedario no es un libro sino un cementerio. La putrefacción cadavérica reina por doquier. En las urbes, en el campo y hasta en los océanos se impone la degradación… Ya hacía tiempo que se venía hablando de la muerte de muchas de las instituciones o ideas que servían para vertebrar nuestras vidas, como la del Estado o la del derecho, pero a día de hoy el hedor es aún más grande de lo sospechado hace una década. El panorama es desolador. Cada vez más parcelas de lo real devienen zombi. Y no es una metáfora. Cuando comenzamos a escribir este Abecedario éramos filósofos que robaban conceptos sociológicos o antropológicos para analizar esta realidad moribunda, pero lo hemos concluido como forenses que la diseccionan en busca de indicios y pruebas. Y no ha muerto de forma natural. Hay un claro asesino y se llama capitalismo.

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A algunos esto les parecerá muy evidente. No les vamos a sorprender demasiado con el dictamen, pero quizás sí con los modos de ocultación del crimen. Y es que la ficción zombi es uno de los principales encubridores del delito. Es curioso que, en estas películas o series, la causa del apocalipsis siempre queda parcialmente obscura: un virus, posibles radiaciones extraterrestres, monos violentos que, como en la película 28 días, transmiten el mal... En otras producciones, como en The walking dead, ni siquiera se habla de ello. Bastante tienen con sobrevivir. Este vacío explicativo no es casual ni inocente, pues pensamos que tiene una clara función dentro del sistema económico y de poder en el que malvivimos: la de suprimir determinadas preguntas. Y es que en nuestra “realidad” ocurre lo mismo que en las pelis de zombis: desde determinados sectores se impone un velo de silencio, incluso una especie de docta ignorancia sobre la causa de nuestro peculiar apocalipsis. El paralelismo es tan aterrador como una horda de zombis persiguiéndote en la niebla. Las pelis de caminantes no solo sirven en el actual sistema para suprimir cualquier rastro de empatía hacia todas esas personas con “rasgos” zombis (enfermos, desahuciados, yonquis, refugiados, pobres…), es decir, para deshumanizarlos, sino también para impedir cualquier etiología de su mal. ¡No hay otro culpable de tu propio desahucio que tú mismo! ¡Sobrevive si puedes! Así reza el sistema.

La ficción zombi es uno de los principales encubridores del delito

¿No es todo esto un poco conspi-paranoico? ¿Se puede establecer una relación tan estricta de causalidad entre estos fenómenos?

¡Pero si tenemos hasta pruebas! Pocos días después de publicar el Abecedario hemos sabido que Jare Kushner, yerno y miembro del equipo de campaña de Donald Trump, colocó su propaganda política en los horarios de emisión de The Walking Dead. Mediante el uso de una plataforma de gestión de datos publicitarios, Kushner había descubierto que el público afín a esta serie estaba preocupado por la inmigración, en otras palabras, que eran bastante fachas en potencia. Así, la aclamada serie de zombis le servía en bandeja los votantes a Trump, que simplemente tenía que echar las redes en el caladero adecuado. En el Abecedario zombi no nos hemos quedado en una lectura del tipo: la realidad actual en la que vivimos se parece cada vez más a las producciones mediáticas de zombis, o el zombi es una metáfora de lo real, etc… Hemos tratado también de analizar la presuposición recíproca que se da entre ficción Z y realidad, entre cine y política, lo que se denomina retroalimentación ideológica.

El mal que sufrimos no es nuevo, pues tiene ya unos cuantos siglos. A un planeta ya devastado por la miopía ecológica de las primeras revoluciones industriales, se le añade ahora la rapiña de las corporaciones blindadas por una política postmafiosa. El diabólico engranaje de estas dos fuerzas expulsa de sus hogares a millones de personas, que cual muertos en vida vagan huyendo hacia la nada más atroz. Y nuestras ficciones de salón, esas que parecen ser neutrales y divertidas, sirven, tal y como malévolamente se ha percatado Jared Kushner, para retenerlas en ese limbo alegal de desolación y muerte. Las entradas de este Abecedario hablan de política y de cine, sí: de toda esta demolición descontrolada de nuestra forma de vida y de una de tantas formas de ocultarla.


Pero, ¿existe algún tipo de producción zombi que se salga de esta confabulación entre capitalismo y cine?

Tradicionalmente, el zombi ha suscitado el terror más absoluto o una radical e irrisoria indiferencia. La mayoría de las producciones abundan en el tópico de lo horrible, inquietante y peligroso. Forman parte de esa maquinaria simbólica del Capital de la que hablamos. Pero, subterráneamente in crescendo, ya incluso desde los años 30, se ha sugerido a veces cierta aceptación de la víctima, otra lectura distinta del zombi. De figurar el mal radical, los zombis han pasado también a despertar también la empatía por la maldad sufrida. En los últimos años, series como la inglesa In the flesh o la francesa Les revenants han tratado de regenerar la dislocada conciencia del zombi. Las guerras reales solo se pueden ganar completamente cuando se domina el plano simbólico, y estas otras producciones luchan claramente contra esa maquinaria infernal de la que estamos hablando. Con el tiempo, los cuerpos hirientes de Romero se han transformado también en cuerpos dolientes heridos y hasta zaheridos. El zombi es el nuevo Cristo sufriente que clama por ser rehumanizado y escuchado.
En parte también nos vemos como aprendices del doctor Frankenstein. No solo inventariamos cadáveres, por mero prurito intelectual, sino que intentamos producir uno “exquisito”, remendando los jirones y trozos de carne que vamos recogiendo a nuestro paso. La pregunta que nos hacemos es la siguiente: ¿puede el zombi tener algún tipo de potencia política? Nos han convertido en zombis asquerosos, sí, pero quizás podamos arrojarles toda nuestra rabia intestinal a la cara. No saben todavía de lo que es capaz un cuerpo zombi.

Filosofía zombi
El universo zombi es cada vez más omnicomprensivo. De cine B saltó a la gran pantalla, incluso con Brad Pitt, y después al mundo serie actual. ¿Qué pasa con los zombis que hasta el mundo teórico se ocupa de ellos? ¿Cómo se llega desde la filosofía al zombi?

Bueno, podríamos ponernos graves y decir que la filosofía y el zombi siempre fueron de la mano; continuaríamos diciendo que desde el cuidado de la muerte platónico hasta el ser para la muerte de Heidegger el zombi siempre fue una de las grandes preocupaciones del filósofo. Algo así como el no-dicho zombi... En el fondo, añadiríamos, la filosofía siempre fue eso que ahora se denomina zombie studies. Y quizás no nos faltaría razón. Pero la pregunta que nos solemos hacer es más bien al revés: ¿cómo es que hemos llegado nosotros desde el cine zombi hasta la filosofía? Siempre nos dieron mucha envidia esas personas cuyo primer recuerdo fílmico de infancia es algo de Godard o de Lubitsch. Hablan de esas experiencias y de cómo les marcó para siempre… Nuestra memoria está hecha de otros materiales distintos, mucho más prosaicos: mazingers zetas, noches de los muertos vivientes, alguna peli infame de zombis que Chicho echó en “Mis terrores favoritos” o el Thriller de Michel Jackson.

Después vino la filosofía, la dura artesanía del pensamiento, y quizás durante años todo ese pasado sangriento y divertido fue olvidado y reprimido en pos de cierta impostura intelectual del cuidado y preparación para la muerte. Pero llegó un momento en el que imperceptiblemente el virus Z volvía a estar en el aire. Y nos pilló con un utillaje conceptual nada despreciable para analizarlo. Fue precisamente al comienzo de la crisis cuando uno de nosotros sintió la necesidad de escribir filosóficamente sobre los zombis. “Planet terror: esbozos para una tanatopolítica”. Así se llamaba el artículo que apareció en Arbor en 2010, mismo año de la primera emisión de The walking dead en Estados Unidos. Fue nada más escribir ese artículo cuando caímos en la cuenta de que los zombis siempre habían aparecido a la par que las grandes crisis económicas: la del 29, la de los 70 y la actual, llamada por Verdú, en esas mismas fechas, Capitalismo funeral. Y mientras escribimos estas líneas, ahora, nos percatamos de que nosotros mismos somos hijos de la década de los años setenta, de esa crisis. Demasiadas casualidades…

No fue casual que el primer término que intentáramos definir al principio fuera el de “Crisis”

Desde que descubrimos el binomio crisis-zombi siempre tuvimos en mente escribir un libro sobre el tema Z. Hacer una especie de zombisofía. Y, como siempre pasa en estos casos, se nos adelantaron. Como hemos dicho, ya estaba el asunto en el aire… Y en 2011 salió el libro de Jorge Fernández, Filosofía zombi, que incluso quedó finalista del premio Anagrama. Pero no era nuestro libro… Más volcado a la literatura, Fernández desatendía los aspectos políticos que más nos importaban del muerto viviente. Nuestra voluntad zombi todavía era inasequible al desaliento. Y apareció entonces la Petite philosophie du zombie, de Maxime Coulombe. ¿Es que a todos se nos ocurría hablar de zombis? ¡Vale! ¡Bien!, perdíamos originalidad pero ganábamos mucha más fuerza. Y tampoco era nuestro libro. Bueno, al menos ya podíamos citar bibliografía específica.

La confabulación zombi ya era universal en 2013: se estrenaba Guerra Mundial Z, con Brad Pitt como matarife de zombis. ¡Hollywood rendido a los muertos vivientes! Lo curioso es que cuánto más nivel y dinero tenía la filmografía Z más sórdida y empobrecida estaba nuestra realidad. A partir de ese momento, el zombi fue omnipresente: banca zombi, droga zombi, políticos zombis, Estados zombis, universidad zombi. La realidad se había zombificado por completo. Los muertos vivientes habían saltado desde la pantalla a lo real, y no solo simbólicamente. Todo, absolutamente todo, admitía la calificación del “caminante hediondo”.

No fue casual que el primer término que intentáramos definir al principio fuera el de “Crisis”. El resurgimiento del zombi en el imaginario sociocultural contemporáneo ha corrido paralelo a la crisis económico-financiera que, desde hace ya unos años, asola medio mundo. Tras el vendaval sufrido, somos testigos de políticas y prácticas de pauperización de la vida vulnerable cada vez más extremas y despiadadas. Lo que queremos decir con nuestro Abecedario Zombi es lo siguiente: todas estas prácticas de aniquilación y expropiación que se han llevado a cabo durante la crisis no podrían haberse llevado a cabo sin la maquinaria simbólica del cine Z. Existen también otras estrategias, alejadas en principio del mundo zombi, que confluyen o que trabajan al unísono con el capitalismo-cine Z. Algunas, como la “Inteligencia emocional”, que sirven para domesticar la indignación que producen esas políticas, las hemos analizado en el libro.

¿Por qué elegisteis el formato abecedario para vuestro libro? ¿Es necesario comenzar desde la A o podemos morderlo por cualquier parte?

Fue nuestro colega Jorge Jiménez, autor de El hacker contra la universidad zombi (2012) quien nos sugirió que el zombi, como objeto teórico, no es abordable, al menos con total acierto, desde el formato tradicional de ensayo, con sus epígrafes, capítulos y resúmenes. Y comenzamos a escribir juntos un blog con entradas dispersas que tiempo después se convertiría en el Abecedario zombi. El zombi es el cuerpo desarticulado, sin órganos, y como tal ha de intentarse comprender. Por eso, desde que comenzamos con este proyecto Z, nos percatamos enseguida de la afinidad existente entre el formato “glosario” utilizado y las múltiples, contradictorias y descoordinadas manifestaciones de este paradójico ser. El zombi es un ser rapsódico, y así ha de analizarse y leerse, descuartizado, sin afán integrador. Una pierna, después un hígado, luego un trozo de mejilla, una mano. En algún momento estuvimos tentados de llamarlo diccionario zombi, y como tal ha de leerse. Por donde se quiera o se necesite. Es un libro muy rizomático con múltiples conexiones no jerarquizadas. Hemos analizado entradas del tipo “Globalización”, “Empresa”, “Hambre”, “Biopolítia”, “Nación”, “Mass media”, “Turismo” o “Epidemia” en las que intentamos mostrar que el cuerpo de la realidad está moribundo y hay que salvarlo.

El zombi es el cuerpo desarticulado, sin órganos, y como tal ha de intentarse comprender

Pero esta desfigurada figura del zombi no es tan solo la deshilachada retahíla de sus apariciones. Detrás de todas sus manifestaciones se encuentra un núcleo común de desesperación que clama por ser escuchado. Los parias de la tierra se levantan recordándonos que en realidad los muertos vivientes somos nosotros, los mismos que aceptamos el statu quo del orden impuesto, mirando siempre hacia otro lado. El zombi es un fantasma encarnado que ante la ceguera de los vivos ha vuelto con su cuerpo lacerado para hacerse notar. Los muertos vivientes simbolizan la expoliación económica y la injusticia colonial que va cobrando cada vez más cuerpo. Paradójicamente, el descerebrado zombi es el único que posee memoria, aunque hayan intentado borrar su historia. El zombi es la promesa de justicia.

En la portada de vuestro libro aparece un Marx zombi, muerto pero a la vez impasible y desafiante. Seguramente algún marxista ortodoxo se habrá sentido molesto por la irreverencia ¿Qué tipo de relación tiene el Abecedario con el marxismo?

Bueno, a estas alturas, los marxistas ortodoxos deben tener ya el mismo aspecto que el Marx de la portada de nuestro libro, si es que queda alguno. Está claro que nadie podrá confundirnos con marxistas de catecismo, pues nuestras herencias son variopintas y hasta contradictorias, pero es innegable que Marx palpita en la mayoría de las entradas de nuestro Abecedario zombi. A veces hemos sido algo irreverentes. Los ilustradores, Jaime y Javier Infante han sabido plasmar muy acertadamente ese tono que a veces tiene nuestro libro. Concretamente, en “Lumpen”, hacemos de ventrílocuos de un Marx mohoso y putrefacto, quejándose en su tumba ante la ortodoxia que en vida mantuvo frente a Paul Lafarge. Qué error el de Marx… Despreciar así el panfleto de la pereza de su yerno. No supo verlo el pobre Marx, embutido como estaba en una ética calvinista. Por el contrario, en otras entradas, como en “Haití” o en “Colonialismo”, lo seguimos a pies juntillas. Muchos de los análisis que hiciera para su momento sirven para el nuestro, y sin tener que tunearlo demasiado…

Uno de los aspectos del zombi concuerda con la manida alienación

En el pasado más reciente, se habló mucho de los espectros de Marx. La idea de Derrida era muy potente al respecto: a Marx nunca se le podrán ontologizar los restos, es decir, dar por muerto. ¡Ya quisieran! Marx (en plural) siempre nos asediará. La cuestión fantasmática y fantasmagórica de Marx es innegable y productiva, pero quizás la materialidad del zombi sea más acertada para el marxismo de nuestro tiempo que la de los espíritus. Lo que quizás hoy día asedia Europa y gran parte del globo no sería tanto el espectro sino el zombi del comunismo o, mejor aún, un comunismo zombi por venir. Dicho así suena un poco a mofa pero en el libro tratamos de explicarlo…

Es cierto que uno de los aspectos del zombi concuerda con la manida alienación. La working class se parece cada vez más a una walking class. Es innegable. Así lo tratamos en la entrada “Centro comercial”, pero el zombi es mucho más que eso, más poliédrico. Si nos hubiéramos quedado en ese tipo de lectura no habríamos pasado de ser alumnos aventajados de un Lipovetsky. La carga polisémica que arrastra nuestro muerto viviente resume todas las contradicciones, miserias y esperanzas de nuestro tiempo: la alienación, pero también la vida quebrada, expoliada, mutilada y excluida, la crisis permanente, los refugiados, el hambre alimenticia, de derechos y de justicia y, sobre todo, la indignación rabiosa ante todo eso constituyen los temas vehiculados por ese no-ser que constantemente vuelve de la muerte.

El universo zombi: ¿un mundo sin esperanza?
Alguna de las entradas del Abecedario tiene cierto tono apocalíptico ¿Queda algún lugar para la esperanza?

No es una cuestión simple la de la esperanza. A veces, es un reservorio del miedo que impide la acción. Otras, es muy necesaria. En un capítulo de Fear the Walking dead, una de las protagonistas, al hablar de su padre, dice que nunca se permitió a sí mismo tener el mínimo rastro de esperanza. Es una serie muy mala comparada con su hermana mayor, pero en ocasiones como ésta resume a la perfección el saber zombi. El peso simbólico y semántico del término esperanza está muy cargado en nuestra cultura. Y está además relacionada con el mundo de los monstruos. Ya sabes, toda esa historia de la tinaja de Pandora. Todos los males que salen de la caja… La esperanza que permanece dentro; lo último que nos queda… Es ya un tópico muy gastado del que nos podemos librar.

Hay que luchar contra esa resignación desesperanzada impuesta por el imaginario zombi

El universo zombi es un mundo sin esperanza. Y el nuestro, que cada vez cuadra más sus aristas con aquél, también. Parece como si la maquinaria a la que nos hemos referido antes prohibiera la esperanza también de la misma forma que impide las preguntas sobre la causa del mal actual. En las pelis Z no hay rastro de esperanza en un mundo mejor. Solo supervivencia darwiniana. Y cuando la hay, es una trampa en la que los humanos acaban devorándote, como en el Terminus de The walking dead. En el nuestro también se castra cualquier atisbo de lo que los griegos llamaban Elpis.

Visto así, vivimos peor que hace más de tres mil años, Al menos ellos, los antiguos, aún la poseían. Nuestra caja está abierta de par en par. Salieron los monstruos pero también Elpis. Vivimos en un mundo en el que se acepta lo que hay con total resignación. Pero por otro lado, ese mismo sistema te hace creer que vives en el mejor de los mundos posibles, lleno de ángeles y no zombis, como escribe Pinker y sus secuaces. El mundo progresa adecuadamente, dicen. Sin embargo, como Hamlet, nosotros lo vemos cada vez más out of joint. Es cierto que a veces el Abecedario zombi es algo desalentador y sombrío, no podía ser de otra forma, pues tratamos de luchar contra ese tipo de visión neoliberal angelical. Pero la música de fondo es esperanzadora. Y así han sabido escucharla en El Salmón Contracorriente. Contar además con la experiencia editorial de Gala Arias y Victor Sanz nos ha insuflado mucha vida.

Hay que luchar contra esa resignación desesperanzada impuesta por el imaginario zombi pero también contra esa falsa esperanza que tiñe un mundo hediondo de color pastel.

Mariola Olcina Alvarado El Salmón Contracorriente
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