La Esencia Humana

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Alex Zuleta
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La Esencia Humana

Notapor Alex Zuleta » Mar Sep 21, 2010 8:21 pm

Saludos, camaradas. Este es un ensayo para la reflexión....


La Esencia Humana.


Tal vez, concluimos entonces, ha llegado el momento de replantearse la conjetura que apunta a que en la Tierra existe vida inteligente.
Carl Sagan.


Cuando comencé a leer el libro de Carl Sagan, “Un punto azul pálido” , me vi obligado a establecer una relación directa, una triangulación para ser más exactos, con los textos de Paúl Tabori, “Historia de la Estupidez Humana” y de Jesús Zuleta, “Psicología Concreta y la génesis de un maestro” . Esto debido a que el relato de Sagan es una exquisita y muy profunda reflexión sobre la insignificancia del ser humano con respecto al Universo, que entre líneas puede deducirse también, como la insignificancia del ser humano consigo mismo. Sagan razona de una manera tan clara, didáctica y libre de prejuicios que, sus escritos, son una fuente permanente de conocimientos, complementándose con los textos citados.

En medio de esa lectura, crítica y reflexiva, elaboré un razonamiento que apunta hacia una contradicción: ¿Qué es lo que distingue a la especie humana del resto de las especies?; ¿Cuál es la esencia humana? A simple vista, pareciera ser la inteligencia. Pero pronto nos damos cuenta que quizás tal apreciación es una quimera. De allí lo pertinente de la expresión de Sagan utilizada al comienzo de este escrito.

Está convencido que la gran frustración del hombre se debe a que la ciencia quebró la ilusión antropocéntrica, que nos permitía considerarnos seres especiales, los consentidos del universo y que, bajo cualquier óptica, ya sea porque un supremo Dios nos había creado junto a con éste, o porque las condiciones naturales así lo habían permitido, todo giraba en torno a nuestra especie, pues somos la única muestra de vida inteligente en todo el cosmos.

La ciencia, según Sagan, es razonada, mensurada e impersonal y sus conclusiones se derivan de interrogar a la naturaleza, no hay cabida para que ella pueda cumplir deseos o se sostenga sobre subjetividades. Esta postura, sobredimensionada y mal utilizada, deriva en la arrogancia de los científicos. Por supuesto, no digo que sea el caso de este eminente científico, pero no se puede deshumanizar lo que hacen los humanos, aunque se critique vehementemente el hecho de que nuestra especie busca darle sentimientos a todo lo que le rodea, humaniza un mundo, un espacio, un universo que no tienen ningún sentimiento que manifestar.

Nuestros antepasados creían firmemente que la Tierra tenía sentimientos, que sentía y se expresaba. Algunas tradiciones y religiones se basaron en esta concepción, que les permitió desarrollar una cosmovisión y, por supuesto, una evolución social dentro de la especie humana. Además, y en esto viene muy oportunamente una reflexión de Einstein, la naturaleza nos responderá en el lenguaje que le preguntemos. Es probable que lo que hasta ahora hemos descubierto, obedece a que eso es lo que puede conocerse con el lenguaje que manejamos, entendiéndose por lenguaje, el desarrollo tecnológico y científico alcanzado. Es probable que muchas cuestiones que consideramos improbables o inexistentes, lo sean porque no tenemos los medios para conocerlos.

Aunque no sea su intención, pues a todas luces es evidente que fue un científico sin prejuicios, muchas veces, la manera como Sagan sostenía sus afirmaciones, sus argumentos o cómo los presentaba, eran utilizados por otros científicos, para considerarse dueños de algo que los hacía superiores al resto de los humanos, cosa que con exactitud denuncia Prigogine. .

Ahora bien, Sagan se permite cuestionar la importancia del ser humano en y para el universo. No somos, ni podemos ser, seres especiales. Mucho menos como se pretendió presentarnos: hechos a la imagen y semejanza del Dios que creó todo. Todo eso se viene abajo cuando, a expensas de la ciencia, se desmoronó lo que nos sostuvo por siglos: que nacimos junto al universo y fuimos creados al mismo tiempo por Dios, quien nos hizo a su imagen y semejanza, como resultado de su perfección; que la Tierra es el centro de ese universo y todo gira en torno a ella y, además, se nos concedió una capacidad superior, que nos ha permitido dominar al resto de las especies, siendo únicos en todo el cosmos. Muy por el contrario sostiene que:

Nuestra época sobrelleva la carga del peso acumulado en los sucesivos desprestigios de nuestras concepciones: somos recién llegados. Vivimos en una región olvidada del cosmos. Surgimos de microbios y detritus. Los simios son nuestros primos. Nuestros pensamientos y sentimientos no se hallan enteramente bajo nuestro control. Es posible que existan seres muy diferentes y mucho más listos en algún lugar. Y, por si fuera poco, estamos estropeando nuestro planeta y convirtiéndonos en un peligro para nosotros mismos.

Y remata magistralmente diciendo:

¿No habría sido más satisfactorio que nos hubieran colocados en un jardín hecho a la medida para nosotros, cuyos restantes ocupantes se mantuvieran a nuestra disposición para que los utilizáramos cuando lo tuviésemos a bien? En la tradición occidental existe una historia similar, muy celebrada, sólo que allí no estaba absolutamente todo a nuestra disposición. Había un árbol en particular del cual no debíamos participar, el árbol del conocimiento. El conocimiento, la comprensión y la sabiduría nos estaban vetados en esa historia. Debíamos permanecer ignorantes. Pero no pudimos resistirlo. Nos mataba el hambre de conocimientos; nos crearon hambrientos, piensa uno. Ahí residió la causa de todos nuestros problemas. En concreto, ésa es la razón por la que ya no vivimos en un jardín: quisimos saber demasiado. Mientras permanecimos indiferentes y obedientes, supongo, podíamos consolarnos con nuestra importancia y centralidad, y decirnos a nosotros mismos que éramos la razón por la que fue creado el universo. Sin embargo, tan pronto como fuimos cediendo a nuestra curiosidad, a nuestras ansias de explorar, de aprender, cómo es realmente el universo, nos autoexpulsamos del edén. A las puertas del paraíso se apostaron ángeles guardianes, blandiendo espadas en llamas, para impedir nuestro retorno. Los jardineros nos convertimos en exiliados y peregrinos. A veces sentimos nostalgia de ese mundo perdido, pero eso, me parece a mí, es sentimental y sensiblero. No podíamos ser felices permaneciendo ignorantes para siempre.

Al parecer, la curiosidad por el conocimiento, que está relacionada con nuestra inteligencia, es un factor clave para que, al mismo tiempo que nos hace sentir superiores al resto de las especies, permita descubrir lo insignificante que somos dentro de este concierto universal. Menuda contradicción.

Retornemos las interrogantes que dejamos párrafos atrás: ¿Qué es lo que distingue a la especie humana del resto de las especies?; ¿Cuál es la esencia humana? A simple vista, pareciera ser la inteligencia, decíamos. Pero el tema de la esencia humana no se encuentra en el plano filosófico o religioso, sino que es concreta y se puede palpar en hechos bien identificados y suficientemente estudiados. Somos animales diferentes, invertidos en cierto sentido: somos menos instintos y más cerebro. En algún punto de nuestra evolución, desde los primates, comenzó a ocurrir este proceso hasta que llegamos a la especie que hoy somos. La única especie capaz de producir sus propias condiciones materiales de existencia, lo que le significó una ventaja inigualable con respecto al resto de las especies que habitan sobre el planeta.

Pero este proceso de transformar para construir nuestras propias condiciones materiales de existencia acarrea, sin duda, grandes contradicciones. Jesús Zuleta nos dice que esta especie tan extraordinaria…

…que creará su propio mundo cultural en oposición misma a la naturaleza que le dio origen, en este proceso, crea condiciones tan contradictorias que se amenaza a sí misma con su propia destrucción. Libre del control instintivo y guiada por su excepcional capacidad cerebral ha escogido una manera de vivir que la coloca al borde del holocausto, donde amenaza con arrastrar tras de sí a la naturaleza que la engendró…
… En nuestro mundo contemporáneo ha alcanzado a construir un impresionante sistema donde ha agigantado su conocimiento científico, transformándolo en tecnología base de una civilización tecnotrónica que desafía su propia imaginación. Pero esa inmensa construcción se sostiene sobre el equilibrio más precario y volátil. Nunca antes ha estado la especie en un peligro tan radical de extinción.


Sagan alerta sobre el gran deterioro que estamos provocando a este punto azul pálido, destruyendo sus suelos, contaminando sus aguas y el aire, acabando con su biodiversidad, cambiando su clima. Hace un ejercicio imaginario sobre una posible visita de un ser de otro planeta, que tiene una especie de ética espacial según la cual, pueden acercarse a los planetas para estudiarlos e intentar recabar datos que permitan identificar la existencia de vida, de qué tipo y en qué nivel de evolución y desarrollo, pero no pueden aterrizar en ellos. En su bitácora de viaje, anotaría algo como esto:

Desde nuestra perspectiva orbital nos damos cuenta de que, indudablemente, algo ha salido mal. Los organismos dominantes, que, sean quienes sean, se han tomado tantas molestias para remodelar la superficie, destruyen al mismo tiempo su capa de ozono y sus bosques, erosionan el suelo y llevan a cabo masivos e incontrolados experimentos con el clima de su planeta. ¿Es que no se dan cuenta de lo que está ocurriendo? ¿O bien son incapaces de trabajar juntos en beneficio del entorno que los mantiene?
Tal vez, concluimos entonces, ha llegado el momento de plantearnos la conjetura que apunta a que en la Tierra existe vida inteligente.


Entonces, la esencia humana, según lo plantea Jesús Zuleta, es la interacción entre factores evolutivos que relegan a los instintos, rompiendo la dependencia filogenética – lográndose el surgimiento de la conciencia y el desarrollo de la libertad – con las pulsiones biológicas que condicionan y sostienen un sistema de motivaciones que estructuran al hombre dentro de la influencia de grandes pasiones. Es por ello que “los seres humanos oscilarán, a lo largo de su historia, entre la libertad y la dependencia, entre la creación y la destructividad, entre el desafío y el miedo....”. Estas contradicciones son la cuna de la estupidez.

Gracias a la estupidez, puede observarse en el devenir histórico como se alternan acontecimientos en los que se evidencia actos sublimes, la creatividad e inventiva para responder ante situaciones, de donde emanan el arte, las letras, la música, la plástica, acciones que implican el amor hacia al prójimo y hacia sí mismo, con otros completamente de signo contrario, atrocidades, exterminio, violencia y agresión inexplicables, una depredación incontrolable, que no se orienta por justificaciones de sobrevivencia sino que, muy por el contrario, se sienta sobre bases del placer de matar, agredir y exterminar.

¿Cómo pueden generarse tales resultados desde la misma especie? Porque no se trata de uno u otro miembro de dicha especie, sino que es un patrón, una tendencia, una inclinación, dominante por cierto, que implica, inminentemente, su propia destrucción en el corto plazo. Millones de seres humanos enajenados y alienados, víctimas y victimarios, que padecen un erosionador proceso de fragmentación social y personal, imbuidos en un espiral incontrolable de destrucción y autodestrucción. Aún siendo optimistas, pues siempre existe la esperanza de que el lado humano logre dominar dentro de nuestra especie (y discúlpenme el término, cuando con “lado humano” quiero resaltar a ese ser capaz de hacer cosas maravillosas y dueño de una creatividad sin límites), la realidad nos da en la cara y nos indica que, al parecer, esta posibilidad está negada.

Finalmente, ante esta panorámica, no nos queda más que replantear la definición de la esencia humana que, para mí desde una postura crítica, queda definida negativamente: la esencia humana es su gran estupidez. Y, como lo plantea Paúl Tabori, “…todo esto poco importaría si el estúpido sólo pudiera perjudicarse a sí mismo. Pero la estupidez es el arma humana más letal, la más devastadora epidemia, el más costoso lujo”. El costo de la estupidez es incalculable.


Alexander Zuleta.
16 de septiembre del 2010.

SAGAN; Carl. (2006). Un punto azul pálido. Una visión del futuro humano en el espacio. Barcelona, España: Editorial Planeta.
TABORI, Paúl. (1984). La Historia de la Estupidez Humana. Buenos Aires: Ediciones Siglo Veinte.
ZULETA, Jesús. (1992). Psicología Concreta y la génesis de un maestro. Mérida, Venezuela: Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes.
"Sólo dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez del hombre; y no estoy muy seguro acerca de la primera".
Albert Einstein

multiverso
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Notapor multiverso » Mar Sep 21, 2010 8:34 pm

Alex Zuleta escribió:

"Finalmente, ante esta panorámica, no nos queda más que replantear la definición de la esencia humana que, para mí desde una postura crítica, queda definida negativamente: la esencia humana es su gran estupidez. Y, como lo plantea Paúl Tabori, “…todo esto poco importaría si el estúpido sólo pudiera perjudicarse a sí mismo. Pero la estupidez es el arma humana más letal, la más devastadora epidemia, el más costoso lujo”. El costo de la estupidez es incalculable."

No puedo estar de acuerdo en que la conducta humana, aún siendo entendida como "esencia", pueda definirse de manera exclusiva en términos de "estupidez". Creo que es una visión demasiado pesimista y fatalista. Eso es tan necio como la creencia contraria: que somos "esencialmente" inteligentes.
Ortega y Gasset decía "Yo soy yo y mi circunstancias". Y, quizás, de las circunstancias depende el hecho de comportarse estúpida o inteligentemente.


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